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Vacuna del herpes zóster: a quién, cuándo y por qué dos dosis

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El caso que nos llega en las primeras 72 horas

Una paciente llega a consulta con molestia aguda en un costado del tórax, sensación de ardor sobre las costillas y una franja enrojecida sin ampollas todavía. Dice que el día anterior notó hormigueo y hoy la piel "duele al roce". El cuadro parece una dermatitis de contacto o una urticaria localizada, pero el patrón unilateral, el dolor urente y la historia de varicela en la infancia nos ponen en alerta: sospechamos herpes zóster en fase prodrómica. Esas primeras 72 horas, antes de que aparezcan las vesículas, son la ventana en la que el antiviral oral cambia el pronóstico; pasado ese plazo el beneficio se reduce. Iniciamos el tratamiento empírico y aprovechamos para explicar por qué vacunarse sigue siendo crucial incluso después de haber tenido un episodio de zóster: lo que realmente queremos evitar es la neuralgia posherpética, esa secuela de dolor crónico que puede durar meses o años y que afecta hasta uno de cada cinco adultos mayores que padecen zóster.

En consulta vemos con frecuencia este perfil de pacientes: personas en su sexta o séptima década, a menudo sin sospecha de que el dolor "diferente" en un lado del cuerpo sea el inicio de un zóster. La confusión con otras dermatosis es común porque el exantema vesiculoso clásico aparece dos a tres días después del dolor neuropático; si no conocemos esa secuencia, el diagnóstico se retrasa. Reconocer el zóster incipiente es un ejercicio de sospecha clínica que guía la decisión de iniciar antiviral oral de inmediato y, tras resolver el brote agudo, planificar la vacunación para disminuir el riesgo de recurrencia y, sobre todo, de neuralgia posherpética. Este caso arquetípico ilustra por qué insistimos en la vacuna recombinante adyuvada de dos dosis, qué tan efectiva es y quiénes deben recibirla en el contexto de servicios integrales de prevención dermatológica.

Por qué el herpes zóster no es solo un sarpullido doloroso

El herpes zóster resulta de la reactivación del virus varicela-zóster (VVZ), que permanece latente en los ganglios de las raíces dorsales tras la varicela inicial. Con la edad, el sistema inmunitario celular pierde vigor —un fenómeno llamado inmunosenescencia— y el virus puede emerger décadas después, viajando por el nervio hasta la piel y provocando una erupción vesiculosa unilateral en distribución dermatómica. El problema no es solo el exantema agudo —que suele resolverse en dos a cuatro semanas con o sin tratamiento—, sino la posibilidad de neuralgia posherpética (NPH): dolor neuropático crónico en la zona afectada que persiste tres meses o más tras la curación de las lesiones. La NPH puede ser devastadora: dolor quemante, alodinia (dolor al roce leve), pérdida de sueño, depresión, deterioro de la calidad de vida. Los factores de riesgo principales son edad mayor de 60 años, dolor intenso durante el episodio agudo y afectación del dermatoma oftálmico.

En nuestra práctica observamos que la mayoría de pacientes desconoce que el zóster puede dejar dolor crónico incluso cuando las costras ya desaparecieron. Esa brecha de conocimiento es la que motiva nuestra insistencia en la prevención vacunal: el objetivo central de la vacuna no es solo evitar el zóster —aunque reduce su incidencia—, sino disminuir drásticamente el riesgo de NPH. La vacuna recombinante adyuvada (RZV) ha demostrado eficacia superior al 90 % en la prevención de zóster y eficacia aún mayor en la reducción de la NPH en adultos mayores de 50 años, incluso en aquellos con comorbilidades que debilitan la respuesta inmunitaria.

Este metaanálisis Cochrane confirma que la vacuna recombinante adyuvada reduce de forma significativa tanto la incidencia de herpes zóster como la carga de enfermedad asociada, con un perfil de seguridad aceptable. La evidencia es sólida y sustenta la recomendación de vacunar sistemáticamente a partir de los 50 años, aunque el mayor beneficio se observa en mayores de 60.

Quién debe vacunarse: la lista se amplió

Históricamente la vacuna contra el zóster se reservaba para adultos mayores de 60 años sin inmunosupresión significativa. Hoy el espectro de candidatos es más amplio: toda persona mayor de 50 años es candidata a la vacuna recombinante adyuvada, independientemente de si recuerda haber tenido varicela (la mayoría de los adultos nacidos antes de 1980 la tuvo, aunque no lo sepan). Además, grupos con inmunosupresión moderada —pacientes con enfermedades autoinmunes bajo tratamiento inmunomodulador, receptores de trasplante de órganos sólidos estables, personas con VIH controlado— también pueden y deben vacunarse, previo asesoramiento con su especialista tratante. La clave es que la vacuna RZV no es una vacuna viva atenuada (como lo era la antigua vacuna de zóster), por lo que puede administrarse con mayor seguridad en personas inmunocomprometidas.

Este análisis post-hoc de ensayos clínicos pivotales muestra que las condiciones médicas preexistentes no disminuyen significativamente la eficacia ni la seguridad de la vacuna, lo que refuerza su uso en pacientes con comorbilidades. En consulta vemos con frecuencia a personas con diabetes tipo 2, hipertensión arterial, cardiopatía isquémica, artritis reumatoide en tratamiento biológico o inhibidores de JAK, enfermedad pulmonar obstructiva crónica: todos son candidatos vacunales, salvo contraindicaciones absolutas (alergia documentada al componente de la vacuna, enfermedad febril aguda moderada a grave el día de la aplicación).

Este estudio reciente en pacientes con artritis reumatoide tratados con inhibidores de JAK demuestra que la respuesta inmunogénica a la vacuna se mantiene adecuada incluso bajo terapia inmunosupresora potente, un hallazgo que amplía la ventana de oportunidad para proteger a una población en riesgo. Es relevante destacar que el momento de vacunación puede coordinarse con el esquema de medicamentos inmunomoduladores: idealmente aplicar la vacuna cuando el control de la enfermedad es estable y, si es posible, justo antes del inicio o durante una ventana de menor inmunosupresión, aunque esto se discute caso por caso con el reumatólogo o internista. Para quien ya sufrió un episodio de zóster, la vacunación está recomendada para prevenir recurrencias y reducir el riesgo de NPH en episodios futuros; nuestra práctica habitual es esperar al menos ocho a doce semanas tras la resolución del brote agudo para aplicar la primera dosis, permitiendo que el sistema inmunitario se recupere del evento agudo antes de recibir el estímulo vacunal. Esta recomendación se alinea con las guías internacionales, aunque cada caso se valora individualmente considerando edad, comorbilidades y estado funcional.

El protocolo de dos dosis: por qué no basta con una

La vacuna recombinante adyuvada contra el herpes zóster se administra en dos dosis intramusculares separadas por un intervalo de dos a seis meses. Las dos dosis son obligatorias para lograr la protección óptima: los estudios de inmunogenicidad demuestran que la segunda dosis eleva significativamente los títulos de anticuerpos específicos contra la glicoproteína E del VVZ y refuerza la respuesta de células T CD4+ específicas, fundamentales en el control de la reactivación viral. Una sola dosis confiere protección parcial, pero no alcanza los niveles de eficacia superiores al 90 % reportados en los ensayos pivotales con el esquema completo. En consulta es común que pacientes pregunten si pueden "espaciar más las dosis" o si la segunda es realmente necesaria; nuestra respuesta es clara: el esquema de dos dosis es el respaldado por evidencia de eficacia duradera, y omitir la segunda dosis equivale a invertir en una protección incompleta.

Este ensayo fase 3 en adultos asiáticos ≥50 años confirma que el esquema de dos dosis mantiene eficacia alta en diferentes poblaciones étnicas y que la reactogenicidad (dolor local, fatiga, mialgias transitorias) es aceptable y autolimitada. Los efectos secundarios más frecuentes tras cada dosis incluyen dolor en el sitio de inyección (más de 70 % de los vacunados), mialgias, fatiga, cefalea y, en algunos casos, fiebre leve. Estos síntomas suelen durar uno a tres días y son interpretados como indicadores de una respuesta inmunitaria robusta; anticipamos su aparición y educamos al paciente para que no interrumpa el esquema por temor a esas molestias. En nuestra experiencia, la segunda dosis tiende a provocar reacciones locales y sistémicas similares o ligeramente más intensas que la primera, pero rara vez obligan a suspender actividades cotidianas más de 24 horas.

El intervalo recomendado de dos a seis meses entre dosis es flexible; en contextos de disponibilidad intermitente de la vacuna o dificultad de seguimiento, puede extenderse hasta ocho meses sin comprometer significativamente la respuesta. Sin embargo, demorar la segunda dosis más allá de seis meses deja al paciente expuesto durante un periodo prolongado con protección subóptima, por lo que enfatizamos la importancia de programar ambas citas con antelación. Pacientes que viajan con frecuencia o que viven fuera de Monterrey pueden coordinarse con nuestra clínica para agendar las dosis en ventanas específicas; lo crítico es completar el esquema.

Cuándo aplicarla: antes y después del brote agudo

El momento ideal de vacunación es antes de haber tenido un episodio de herpes zóster, es decir, vacunación preventiva primaria a partir de los 50 años. La edad de 50 es el punto de corte recomendado porque a partir de esa década la incidencia de zóster y NPH aumenta de forma exponencial: a los 60 años el riesgo anual ronda el 1 % y continúa subiendo. Vacunarse en la quinta década permite construir inmunidad protectora antes de que la inmunosenescencia se acentúe. En nuestra práctica, cuando un paciente de 50-55 años acude por otra razón —una revisión de piel para adultos mayores, por ejemplo—, aprovechamos para preguntar sobre su historia de varicela y estado vacunal contra zóster; si no ha recibido la vacuna RZV, la recomendamos enfáticamente.

¿Y si ya hubo un episodio de zóster? Contrario a la creencia popular, haber padecido zóster no confiere inmunidad permanente contra recurrencias; de hecho, las personas que tuvieron un brote están en riesgo de repetir el cuadro años después, especialmente si la edad o alguna comorbilidad debilitan su inmunidad celular. Por eso insistimos en vacunar incluso tras un episodio agudo. El protocolo habitual es esperar al menos ocho a doce semanas desde la resolución completa del brote —es decir, cuando ya no hay costras activas ni dolor agudo— antes de aplicar la primera dosis. Este margen permite que la respuesta inmunitaria al virus natural se estabilice y evita confundir síntomas residuales del zóster con reacciones vacunales. No hay evidencia de que vacunarse durante la fase aguda del zóster sea dañino, pero no aporta beneficio terapéutico inmediato —el tratamiento del brote agudo es con antiviral oral, analgesia y cuidados locales— y puede generar molestias superpuestas que dificultan el seguimiento clínico.

Un punto que aclaramos con frecuencia: la vacuna contra zóster no trata ni acorta un episodio activo de zóster; su función es preventiva. Si el paciente llega con vesículas frescas y dolor agudo, iniciamos antiviral oral dentro de las primeras 72 horas del exantema (idealmente en las primeras 48) para reducir la duración del brote y el riesgo de NPH, y programamos la vacunación para dos a tres meses después. Este enfoque secuencial —tratamiento agudo con antiviral, evaluación de secuelas (dolor residual, hiperpigmentación postinflamatoria), seguimiento a ocho semanas y luego vacunación— es el que mejores resultados nos ha dado en términos de adherencia y prevención de recurrencias.

Lo que vemos cuando los pacientes completan el esquema

Nuestra observación clínica es que los pacientes que completan las dos dosis de la vacuna RZV rara vez desarrollan zóster en los años subsiguientes, y cuando lo hacen, la intensidad del cuadro es notablemente menor: menos vesículas, dolor más leve, resolución más rápida y, sobre todo, ausencia de neuralgia posherpética. Esta última es la métrica que más valoramos: la NPH es la secuela que más impacta la calidad de vida, más incluso que el brote agudo. Ver que pacientes vacunados que desarrollan un zóster leve no progresan a dolor crónico nos confirma que el esfuerzo de promover la vacunación vale la pena.

El efecto protector de la vacuna no es inmediato tras la primera dosis; los títulos de anticuerpos alcanzan niveles protectores plenos dos a cuatro semanas después de la segunda dosis. Por eso, si un paciente desarrolla zóster en el intervalo entre la primera y la segunda dosis —situación poco frecuente pero posible—, no consideramos que la vacunación haya "fallado": la protección óptima requiere el esquema completo. En esos casos, tratamos el brote agudo con antiviral oral y, una vez resuelto, completamos la segunda dosis según el calendario previsto, sin reiniciar el esquema. Los datos de seguimiento de los ensayos clínicos muestran que la eficacia de la vacuna se mantiene por al menos seis a siete años, con títulos de anticuerpos que declinan lentamente pero permanecen por encima de niveles basales; aún no hay consenso sobre la necesidad de refuerzos, aunque estudios en marcha lo están evaluando. Nuestra postura actual es que el esquema de dos dosis es suficiente para la protección a largo plazo en adultos inmunocompetentes mayores de 50; en inmunocomprometidos severos, el tema de refuerzos se discute individualmente con el inmunólogo o infectólogo tratante.

En términos de efectos secundarios a mediano plazo, no hemos visto complicaciones significativas más allá de las reacciones locales y sistémicas esperadas en las primeras 72 horas post-vacunación. Algunos pacientes reportan fatiga moderada que dura dos a tres días tras la segunda dosis; aconsejamos planificar la vacunación en un viernes por la tarde para permitir descanso el fin de semana si fuera necesario. No hay evidencia de que la vacuna RZV aumente el riesgo de enfermedades autoinmunes, eventos cardiovasculares ni otras complicaciones graves en los estudios de seguridad postcomercialización con millones de dosis administradas.

Cuándo NO vacunar o posponer la vacunación

Existen contraindicaciones absolutas y relativas. La contraindicación absoluta principal es alergia grave (anafilaxia) documentada a cualquier componente de la vacuna, lo cual es extremadamente raro. Ante alergia a otras vacunas —por ejemplo, alergia a proteína de huevo en vacunas cultivadas en huevo— no hay contraindicación para RZV, ya que no contiene proteína de huevo ni componentes derivados. Si el paciente tiene antecedente de reacción alérgica severa a medicamentos o alimentos, lo referimos con alergología para prueba de hipersensibilidad específica antes de vacunar, aunque en la práctica esto rara vez es necesario.

Las contraindicaciones relativas incluyen enfermedad febril aguda moderada a grave (fiebre ≥38 °C, infección activa que requiere tratamiento): en esos casos posponemos la vacunación hasta que el paciente esté estable, usualmente dos semanas tras resolución del cuadro infeccioso. No hay contraindicación si el paciente cursa con un resfriado leve sin fiebre. Embarazo y lactancia son situaciones en las que, por precaución y falta de datos de seguridad específicos, no se recomienda la vacunación, aunque el riesgo teórico es bajo al no ser una vacuna viva; si una mujer en edad reproductiva desea vacunarse, se sugiere descartar embarazo y evitar concepción en el mes siguiente a cada dosis. En la práctica, la mayoría de nuestras pacientes vacunadas están en la postmenopausia, por lo que este escenario es infrecuente.

En pacientes con inmunosupresión severa (quimioterapia activa para cáncer hematológico, trasplante de células hematopoyéticas reciente, dosis altas de corticosteroides sistémicos ≥20 mg/día de prednisona o equivalente por más de dos semanas), coordinamos la vacunación con el oncólogo o hematólogo: idealmente se vacuna antes de iniciar la quimioterapia o durante ventanas de menor inmunosupresión, cuando los conteos de linfocitos CD4 son >200 células/μL. La vacuna RZV es segura en estos contextos, pero la respuesta inmunitaria puede ser subóptima si la aplicamos en el nadir de la inmunosupresión.

Este ensayo clínico en pacientes con neoplasias hematológicas demuestra que la vacunación es factible y segura incluso en adultos con linfoma, mieloma múltiple o leucemia bajo tratamiento, aunque la eficacia puede ser menor que en inmunocompetentes. El mensaje clave es que no debemos negar la vacunación a estos pacientes; simplemente coordinamos el momento óptimo con el equipo tratante.

Finalmente, si el paciente recibió en el pasado la vacuna viva atenuada contra zóster (Zostavax), puede recibir la vacuna RZV sin problema, respetando un intervalo mínimo de un año entre ambas vacunas. La vacuna RZV es más efectiva y duradera que la antigua vacuna viva, por lo que la revacunación está indicada incluso si ya recibió Zostavax hace años. En consulta preguntamos siempre por historia vacunal previa; si el paciente no recuerda o no tiene registro, asumimos que no está vacunado y procedemos con el esquema de RZV.

Preguntas frecuentes

¿La vacuna contra el zóster me protege de la varicela?
No. Son dos presentaciones del mismo virus, pero la vacuna RZV contra zóster está diseñada para reforzar la inmunidad celular contra la reactivación del VVZ latente. Si nunca has tenido varicela ni te vacunaste en la infancia, deberías recibir primero la vacuna contra varicela (dos dosis). En adultos mayores de 50 sin historia clara de varicela, lo más probable es que hayas tenido la infección en la infancia —más del 95 % de los nacidos antes de 1980 la tuvieron— y seas candidato directo a la vacuna de zóster. Si hay duda serológica, podemos medir anticuerpos IgG contra VVZ antes de decidir.

Ya tuve herpes zóster hace tres años, ¿igual debo vacunarme?
Sí, rotundamente. Haber tenido un episodio de zóster no garantiza que no vuelvas a padecerlo; de hecho, el riesgo de recurrencia es mayor en personas con un brote previo. La vacunación reduce ese riesgo y, lo más importante, disminuye drásticamente la probabilidad de neuralgia posherpética si llegas a tener otro episodio. Esperamos al menos ocho a doce semanas tras la resolución completa del brote antes de aplicar la primera dosis.

¿Cuánto dura la protección de la vacuna?
Los estudios de seguimiento muestran que la eficacia se mantiene por encima del 85 % durante al menos seis a siete años tras completar el esquema de dos dosis, y los títulos de anticuerpos permanecen elevados. Aún no hay recomendación de refuerzo rutinario; los datos a diez años están en recolección. Nuestra postura actual es que el esquema completo ofrece protección duradera para la mayoría de adultos inmunocompetentes.

Tengo diabetes tipo 2 e hipertensión, ¿puedo vacunarme?
Absolutamente. La diabetes y la hipertensión no son contraindicaciones; de hecho, las comorbilidades crónicas son razones adicionales para vacunarse, porque aumentan el riesgo de zóster y NPH. Los estudios demuestran que la eficacia y seguridad de la vacuna no se ven afectadas significativamente por estas condiciones. En consulta revisamos tu control metabólico y tensional; si están razonablemente estables, vacunamos sin problema.

¿Puedo vacunarme si estoy tomando medicamentos inmunosupresores?
Depende del tipo y dosis del inmunosupresor. La vacuna RZV no es viva, por lo que es segura en la mayoría de los casos de inmunosupresión moderada (biológicos para artritis, inhibidores de JAK, dosis bajas de corticosteroides). Coordinamos con tu reumatólogo o internista el momento óptimo. En inmunosupresión severa (quimioterapia activa, trasplante reciente) esperamos ventanas de menor supresión para vacunar. No niegues la vacunación por estar en tratamiento inmunomodulador; casi siempre hay forma de aplicarla de manera segura y efectiva.

¿Qué tan dolorosa es la vacuna y cuánto duran los efectos secundarios?
La mayoría de vacunados experimenta dolor local en el sitio de inyección (brazo), que dura uno a tres días. Algunos presentan fatiga, mialgias, cefalea o fiebre leve transitoria. Estos síntomas son indicadores de que tu sistema inmunitario está respondiendo y construyendo protección, no son signos de complicación. Recomendamos descanso el día siguiente, hielo local si hay inflamación y paracetamol si la molestia es significativa. Las reacciones graves (alergia, fiebre alta persistente) son extremadamente raras.

¿Dónde puedo aplicarme la vacuna en Monterrey?
En dermatologia.mx coordinamos el esquema completo de vacunación contra herpes zóster. Valoramos tu historial clínico, confirmamos que eres candidato, aplicamos ambas dosis con seguimiento y resolvemos dudas en cada paso. Puedes agendar tu cita de valoración por WhatsApp al 81 1689 5477. Si tienes comorbilidades que requieren coordinación con otros especialistas, te orientamos en el proceso para que completes el esquema de forma segura y efectiva.


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Sobre el autor

Dr. Jorge Garza Gómez

Dr. Jorge Garza Gómez

Dermatólogo egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León (U.A.N.L.), certificado por el Consejo Mexicano de Dermatología. 15 años de práctica clínica en dermatología médica, dermocosmética y cirugía dermatológica. Doctorado en Medicina (2014). Co-autor de los consensos nacionales mexicanos sobre uso de isotretinoína en acné (2011 y 2018) y de un estudio sobre epidermólisis bullosa distrófica recesiva publicado en el International Journal of Dermatology (2014). Fundador de Eukarya PharmaSite, centro de investigación clínica con más de 10 años de trayectoria en ensayos dermatológicos. Atiende su práctica privada en dermatologia.mx (Monterrey).

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